lunes, 29 de junio de 2009

Aquellos que no volverán

Durante varios días, estoy pensando en la muerte, en su por qué y en todas esas cosas con las que nosotros, pobres humanos, acostumbramos a amargarnos el día o incluso a pelearnos por saber quíen tendrá la razón cuando ninguno sabemos si la tenemos.
Normalmente no le doy muchas vueltas si no tengo un buen motivo para ello.
Soy de la idea de que lo único que nos acompaña durante toda nuestra vida, somos nosotros mismos, nuestro cuerpo, nuestro alma (o como queramos denominarla) nuestras vivencias y experiencias, nuestros recuerdos.
Diríamos, no es cierto: nuestros seres queridos nos acompañan.
Falso señores.
Nuestros seres queridos mueren, como morimos todos y lo que nos acompañan son los recuerdos.
Que si, que en un plano sentimental podríamos decir que alguien a quien amamos y recordamos aun tras su muerte nunca se va del todo, pero lo cierto es que de una forma tangible, solo nos tenemos a nosotros.
A veces me pregunto por qué nos empeñamos en almacenar tantas cosas en vida y a donde irán a parar las mias cuando yo muera, al fin y al cabo, mis descendientes (si los hay) no tienen por qué compartir gustos conmigo o tener espacio suficiente para albergar todos mis cacharritos.
En resumidas cuentas, ni amigos, ni familia, ni pareja, ni mascotas, ni cosas nos acompañan eternamente por más que nos emperremos.
Quizá por eso son tan exagerada con el tema de que debemos amarnos a nosotros mismos primordialmente, ya que, si no somos capaces de amar lo único que tendremos desde el primero hasta el último de nuestros días, cómo seremos capaces de amar todo lo demás siendo más efímero?
Por eso, las personas para mi son lo que podríamos denominar "compañeros de camino".
Los hay a largo plazo, como pueden ser por ejemplo los padres, los grandes amigos con los que siempre te llevas y llevarás bien, etc
Con los que compartes un tiempo determinado, como relaciones de pareja que se rompen, amigos con los que discutes, parientes con los que no te llevas bien pero que tienes que ver en navidad...
Toda esa gente no es que no te aporten nada; te aportaron en su momento, te dieron algo, una información que necesitabas para aprender y despues vuestros caminos volvieron a separarse.
Por último los circunstanciales, personas con las que te cruzas durante un lapso de tiempo muy pequeño, un compañero de clase de un cursillo, alguien a quien ves todos los fines de semana...
Son los que yo suelo llamar los extras, como si de una película se tratase.
Son gente que te aporta decoración basicamente pero que en algún momento pueden llegar a cobrar importancia, quíen sabe.
Los productores de mi vida más de una vez, agradados por la actuación de uno de estos extras les han dado un papel mejor, llegando a secundarios o incluso a protagonistas de esta que es mi historia.
La muerte de un ser querido es algo terriblemente doloroso por lo que todos los seres humanos hemos de pasar.
Las primeras nos conmocionan muchísimo y tardamos años en superarlas, a veces con la sensación de que no hemos vivido con esa persona y disfrutado de su compañía todo lo que nos hubiese gustado.
Con el tiempo las vamos aceptando con una cierta dignidad y resignación.
Cuando ya nos hacemos más mayores y empezamos a ver como los de nuestro alrededor caen como moscas es cuando volvemos a preocuparnos, esta vez de verdad, temiendo por nuestra propia vida.
Sin embargo, la muerte es aceptable, comprensible.
Es una agonía por la que pasamos porque entendemos que no hay alternativa.
Cuando alguien cercano a nosotros muere simplemente decimos:- siempre se van los mejores, no somos nadie, con lo joven que era, como lo siento, no le volveré a ver jamás (esta es la peor, porque te obligas a ser consciente del hecho) y a otra cosa mariposa.
Si, sonará frio, cínico, pero es cierto.
Nos duele, pero pasamos por encima de ello porque "es ley de vida", nos costará más o menos, pero lo aceptamos como inevitable porque no tenemos más opción.
Ahora bien, cuando nuestro camino se separa del de otra persona de una forma menos natural, como es simplemente una ruptura, es menos duro, pero también más incomprensible.
La muerte es un concepto que hasta el más tonto puede entender: No, es No.
La distancia necesaria y la mayoría de las veces involuntaria en una de las dos partes es algo mucho más abstracto.
Un día te levantas y descubres que uno de tus mejores amigos ha muerto; de acuerdo, pasaré la próxima semana lloriqueando por los rincones, dos de los días sin levantarme de la cama ni ducharme, alimentandome de la peor porquería que encuentre en la nevera y brotándome las lágrimas cada vez que piense ¿por qué? pero despues de eso lo asumiré y se me pasará, aunque siempre le recordaré con cariño y lagrimas de nostalgia.
Al día siguiente te levantas y descubres que uno de tus mejores amigos te está jodiendo la vida de cualquier forma imaginable (pon aquí la tuya); sensatamente piensas que es el momento en el que vuestros caminos se separen.
Es obvio que tu amigo no ha muerto, sin embargo tu vas a fingir que si que ha ocurrido, lo harás desaparecer de tu vida apagando el teléfono, el ordenador, no saliendo de casa o no frecuentando la zona por la que os veíais hasta que capte la indirecta y se canse.
Y lo asumes, asumes que no es no y te pasas tus dias de llorera exactamente igual.
Habrá dias que lo recuerdes con cariño y lágrimitas de nostalgia y otros tantos en los que te preguntarás por qué en lugar de tanto rollo de no admisión en las redes sociales (msn, tuenti, facebook...) no acabaste tu mismo con su sufrimiento.
Pero no cederás ni un milímetro.
Hasta que, un buen día, comiences a recordar.
Probablemente se deba al encuentro de un objeto o de algo que os unía y que en tu empeño de borrar al otro de tu historia ocultaste.
Comenzaras a rememorar SOLO lo bueno de vuestra relación, lo gracioso que era, o como os reisteis aquel día en que... o si es una pareja, lo bueno que era el sexo o lo bonito que era ver un atardecer en la playa con esa persona.
Como ha pasado tanto tiempo, olvidarás qué fue lo que os separó y te vendrá la tentación que diferencia la muerte en vida de la muerte real: volver a contactar con esa persona.
Hay dos posibilidades, que esa persona no se muestre tan receptiva como tu a recuperar esa relación (quíen te ha dicho a ti que te recuerde precisamente con cariño?) y te mande a pastar a la vía o que por el contrario, sienta lo mismo que tu y quiera recuperarte.
En cualquier caso, la cosa puede salir bien o mal, tal vez en este momento pueda aportarte cosas nuevas y tu a esa persona aunque generalmente, no, no es así.
Como un fumador o un alcoholico que deja el vicio, con solo una gota, una sola calada, echa por tierra los esfuerzos y el sufrimiento pasado para dejarlo.
Enhorabuena, todas esas noches que te desvelaste llorando, deseoso de llamar a esa persona y decirle que lo sientes aunque no tuvieses la culpa, todos esos días que te aburriste en casa, todos esos disgustos, esas discusiones, no han servido absolutamente de nada, has vuelto a caer.
Por eso digo, que evidentemente no es comparable el dolor de una muerte al de una ausencia, puesto que el primero es muy superior.
Sin embargo, si es comparable en cuanto esfuerzo realizado, ya que al fin y al cabo, la posibilidad de elección es una de las peores facultades de los humanos, unida a nuestro miedo a la pérdida, la inseguridad y la fobia al error.
Lo triste es que si superamos el dolor, descubrimos con alegría que esa persona a la que expulsamos de nuestra vida, posiblemente no nos aportase nada, más que veneno y dolor y que es mejor así.
Aun así, tememos enfrentarnos a ello, porque quizá para nosotros la muerte, la de verdad, sea más que suficiente.

jueves, 4 de junio de 2009

Las polillas

Como polillas atraídas por la luz de una vela, por su calor, su alegría y su belleza, atraviesan la oscuridad entre las sombras, para acercarse hasta ella.
Y revolotean a su alrededor, y a cada aleteo la hacen titilar, pues el aire que provocan hace vacilar la llama.
Y sus alas se queman, las polillas, que cuando las coges entre las manos parecen estar hechas de polvo, y se disuelven, vuelan tan cerca de la vela que prenden fuego a sus alas polvorientas.
Y se congregan tantas a su alrededor que mitigan su luz, que la ahogan, que la apagan.
Y cuando lo han conseguido las polillas vuelven a las penumbras preguntándose por qué esa vela es tan egoísta que las deja de nuevo en la oscuridad negándose a entregarles su luz.
Y aunque ha quemado sus alas con su calor, las polillas lo olvidan, y en ellas solo queda el recuerdo de cuando la luz de la vela las guiaba.

Dice mi hermano Pablo, que hay dos tipos de personas en el mundo; las que dan luz y las que no, las velas y las polillas.
Aquellas atraen a las mariposas nocturnas porque son alegres, radiantes, felices, hacen que lo que las rodea parezca más hermoso, más de lo que probablemente sea en realidad.
Y a las polillas les fascina eso.
Las polillas humanas son las personas depresivas, las que absorben la energía de los demás, las que no irradian no porque no puedan, sino porque necesitan una vela al lado que les prenda fuego.
No significa que las velas sean mejores, de hecho, prenden fuego, son capaces de descolocar una vida, de hacer arder a una persona por dentro contagiándoles su luz.
Pero la luz se extingue, y las polillas fuerzan a las velas a extinguirse antes.
También están las velas egoístas y las generosas;
Las egoístas son las que simplemente brillan y se conforman con que las polillas las admiren, con que revoloteen a su alrededor diciéndoles cuan hermosas son.
Las generosas son las que no solo desean ser admiradas ( quíen no) sino que además desean contagiar su luz, transmitirla, transformar en velas a las polillas que atraen.
Pero esto no siempre sucede, no sucede casi nunca, generalmente la vela se extingue cuando gasta su energía y la polilla muere carbonizada.
En su versión humana, la vela se extingue cuando su energía se acaba (si exactamente lo mismo) y la polilla vive durante un tiempo de la energía de la vela para volver a sus tinieblas más tristemente si cabe, habiendo probado la luz y a mitad entre dos mundos.
El mundo de la luz es inviable sin la vela que los guía y el de las sombras ya no es lo mismo porque sus ojos ya no están tan acostumbrados a la penumbra.
Pero, qué hace una vela cuando descubre que le están robando su luz?
Qué hace cuando está indefensa? cuando está dando energía a polillas que solo la apagan?
Por qué las velas tienen miedo de gritar? de quejarse? de abandonar a las polillas para juntarse solo con otras velas?
Una vela apagada es poco menos que un montón de cera derretida, un poco más que nada, pero tampoco mucho más.
Y la cera derretida no se queja, solo languidece.
La polilla, aun a oscuras puede buscar otra luz, la vela solo ve caer sus lágrimas de cera, lentamente, hasta que solidifican.
Las polillas transforman a las velas en algo que ni ellas son, en menos todavía que una polilla hecha de polvo.
Y una vela apagada nunca gritará, nunca dirá basta.
Una vela apagada solo temblará, su voz vacilará mientras la polilla esté cerca, escuchará sus reproches pero no se quejará.
Nunca romperá un jarrón como desearía hacer, no abandonará a la polilla porque ella ya no vale nada.
Solo consentirá.
Por qué no nos rebelamos contra aquello que nos hace sufrir? que nos lacera? que nos destruye por dentro como un veneno lento o como un ácido rápido?
Por qué no damos una patada? un manotazo? un portazo?
Por qué no nos resistimos al apagón de las polillas?
Por qué las tememos? Por qué las amamos?
Las luces también podemos tener alas, también podemos ser luciérnagas, y rebelarnos.
Alejarnos del reino de las polillas y extender nuestra luz lejos de ellas, junto con otras luces.
Lejos, muy lejos de su reino de polvo y sombras.